UERON asuntos familiares los que me retuvieron aquel 7 de julio. Años ha, desde el día en que la mugre, los agresivos decibelios, la falta de oxígeno y el agobiante navarrismo oficial acabaron atosigándome, había decidido que estas fiestas ya no eran las mías.
Sí, es de ley reconocerlo, siempre te quedan ciertos momenticos entrañables, incluso imborrables. Que uno por muy puntilloso que sea, no deja de ser muy de aquí.
La plaza del Consejo, desbordada de flores y galanuras, era una pura patena con aromas frescos de agua nueva y clavelinas… Un mutil dormitando en el umbral de un portal y algunos guiris y patas sucios, con rostros borreguiles, desentonando hasta las náuseas mientras paseaban su mal vino.
Conocidas las apreturas del tradicional momentito, había acudido con bastante anticipación, la justa, porque la gente ya se sabe, es muy avisada… y efectivamente, en unos minutos aquello ya cantaba a multicolor y espeso aglomerado humano.
Se suponía que aun tardaría no menos de media hora en aparecer el morenico y ya teníamos a los munipas en tamaño fregado con el gentío.
- Pero señora ¿A dónde pretende pasar?
- A ver si me puede pasar al nietico, por favor.
El nietillo o aquella culebrilla, me miraba interrogante con uno ojos tan enormes que parecían comerle sus diminutas facciones.
El renacuajo se coló, y tras la pequeña movida de apretujones, la escueta amoña consiguió incrustar una de sus clavículas cabe mi sobaquera. Un tenue disculpe , pero allí estaba en la preciada avanzadilla, ¡Jodida sorgina!
Alguien, a mi costado, meneaba la cabeza como admirándose del arte o de la jeta de la anciana.
- ¡Ángel!
- Izugarria ezta?
- Utzi, utzi pakean…
- ¿Cómo te has caído por aquí? Se nota la gente casta…
Casta, casta…-pensé-, hace años tal vez bajo la enhiesta bara clerical; pero una vez descubiertos los sanos placeres de la coyunda y el fornicio, todo lo que sonara a tal, me producía tedio y coraje.
- Cuando se disuelva la marabunta -lancé la voz hacia los tres metros de la posición del amigo- y nos suelte, ya hablaremos sobre castas y castos -se sonrió-.
Ya no se movía una brizna de aire. Ya se fugaban las clavelinas, olía a calor y se rebelaban las huestes indómitas de glándulas sudoríparas. Los joteros/as carraspeaban, se situaban y disponían sus bravas gargantas y sus nobles pecheras y abdómenes. Pero el morenito todavía no aparecía.
Yo, ya había decidido que ni el santo por mucho que lo sea, ni los delirios de la sobrecogedora jotica, merecían semejante apabullamiento corporal. ¡Ah!, cuerpo de Cristo, ¡sacra oblea! y cisco Macabeo.
Ahora, la verdad, imbécil que es uno que todavía no ha sido capaz de asimilar el hecho espiritual de la fiesta. Sí, porque como auténtico aborigen uno no debe ignorar, que en Sanfermines no hay festejo digno de tal, sin pagar tributo de masas. Eso sí, quitas el follón y a ver en qué se queda el milagro sanferminero.
Por fin, un chupinazo, ya se sabe, si no se acribilla el cielo y los tímpanos, no hay fiesta. Crece el griterío, los empujones y la mala baba del personal…
-"Señora ya me ha pisado tres veces". "Quíteme esa mano puer…" "Pero no ve como andamos todos… "¿Dónde quiere que la ponga?" "¡Póngasela en sus…" "Eh, eh señora, "¿Qué es lo que se cree o no sabía usted donde se metía?"
Pero dejemos el coloquio. Por fin, ahí estaba el medio santo, bien erguido sobre su peana de plata y luciendo su tez caribeña, escoltado por guapos maceros, jóvenes y albinos, embutidos en versallescas galas. Siempre he dicho que todo el glamour sanferminero se agota en el medio cuerpo del morenico.
- Txis….t…Txis…t… cállese usted, calle, txis, tttt…
El momentico, la brava jota que te electriza el alma y te lleva a la entraña semejante revolcón, y que el navarro que no la siente, ¡A ver qué tiene de navarro! Y todo eso…
Y la brava hembra, se cuadra, pechos enhiestos en Tedeum de conos, ¡tela tío! para gritarle al santo toda la esencia de esta tierra: Es la jota de tu Navarra la que hoy te reza, la que hoy te canta .
Esta jota siempre me ha mosqueado, porque la navarra que no reza o que no atina bien con el gorgorito jotero, ¿Esa qué? ¿Esa de quién es? A esa que le den garrote…
Quizá, quizás -y lo dijo con enormes reservas-, al menos durante estos días ¿Si será del gran Dionisos o del buen Baco?
Ya sabemos que el Fermín bendito al que tanto exalta la jota, pues es nada menos que San Fermín. Claro que si como ciertos conspicuos aseguran, el legendario hijo del converso Firmo, no pasara de la pura leyenda, pues en ese caso, y tan sólo en tal caso, tampoco tendría más categoría que Dionisos.
Pero bueno, vayamos a lo que estamos. Lo cierto es que en aquel momento, toda la plaza del Consejo parecía rezar o cantar o exaltar… Y el santo allí, enigmático, hierático, inerme ante el enorme voltaje de la emoción que impregnaba todo el ámbito. No sé por qué -tiempo ha que no lo veía- me pareció que su mirada tenía cierto deje de sarcasmo y de ironía, como diciendo al personal ¡Vagos! ¡A ver si me cambiáis de una vez por todas de copla! Pero que si quieres… ¡Pa conservadores, los navarros!
Y acabó la jotica, y el jovenzano medio grogui del portal, con pegatina de ikurriña, despegaba la lengua del paladar con un ¡Gora San Fermín! Y la señora de postín acompañada por el caballero de cinco estrellas que le reconvenía.
- Digo lo que se me pone: ¡Gora San Fermín, mi madre y toda Euskalerría! ¿Qué pasa, eh?
Y el señor del traje de Armani, ¡Qué irascible! atizándole patadas y derramando por el suelo el cuerpo del muchacho, que no parecía enterarse de los golpes y seguía desgranando su letanía. Se armó.
- Pero tío, de qué va, no ve que está cocido.
- Que se j…, que aprenda a beber, que respete.
-¡San Fermín… San Fermín… San Fermín…!
¡Vaya Zapatiesta!
La jota ya moría entre los aplausos conmocionados, de los castas, y de las castas. El santo se alejaba por las estrechas calles profundas y grises, en busca de otra brava jotica. La mara se desencolaba entre álgidos escorzos, dejando en el ambiente un crudo aroma a piel cocida.
Sí, señores, ¿Un momentito?, un libro, el de un pueblo que reza y que canta jotas y que a su son, emergen esparragueras, sueñan las cementeras, hacen camino los canales, se encauzan riberas, y medran sinvergüenzas ¡Ah mística simbiosis de plegaria y canto!
Me liberé de las rúas. Atrás quedaban los bajos efluvios humanos, la mugre autóctona tan nuestra, tan sanferminera, los sones etílicos, estrepitosos y avinagrados del jolgorio, los sorpresivos estruendos de la pólvora subiéndote el corazón hasta el paladar…
¿Cuándo retornaré a este San Fermín donde la jota se hermana con la soleá , con el tango y con el chotis, porque en definitiva comparten similares biorritmos?
Eso sí, bendita jota, benditos sanfermines, la Pamplona de Hemingway ¿Qué seríamos sin ellos?
¡San Fermín, y cierra Navarra!