mire doctor, yo no sé qué hago aquí. Ni quién me dio su número de teléfono. Ni dónde tapizó este maldito diván que está coagulando el sudor que resbala por la nuca. No vine por nada: me trajeron. Me empujaron hasta su consulta porque dicen que desde hace meses tengo un comportamiento raro. Por cierto, muy guapa su secretaria. Ya le he dicho que a la una me encuentra tomando el vermú en el Fitero y que pago las gambas. Nunca se sabe; uno pone sus ilusiones en asirse durante todas las fiestas a la cintura de una teutona -he dicho teutona- y tiene al amor de su vida en el portal de al lado. Pero, bueno, creo que si tengo un problema no es ése. ¿O sí? No sé. ¿Le he dicho que oigo voces? Me pasa a diario. Voces conminándome a volver al trabajo, a cambiarme de ropa, a no salir de casa, a volver a casa... Tengo tanto ruido dentro de la cabeza que es como si llevara conectado un megáfono día y noche, con su oé, oé y su riau-riau . No crea, no le doy mucha importancia. Uno ya está acostumbrado a soportar los decibelios en los bares durante horas y a dormirse con los oídos zumbando como sirenas. Eso será. ¿Qué si no? A usted no le veo cara de fatigado. ¿No sale? ¿No tiene cuadrilla para ir a los toros? Ah, que es de los que presume de vivir las fiestas de día porque su señora no le permite salir solo de noche... Yo es que a la familia, desde que cambié los caballitos por los autos de choque, y los fuegos artificiales por las verbenas, como que le pierdo el rastro. Nunca había tenido problemas hasta ahora; no encuentro la ropa blanca limpia y planchada, ni el pañuelo ni la faja. De las zapatillas ni hablamos. Tengo junto a la cama unos vaqueros, una camiseta, una sudadera y las botas de monte. ¿Me quieren echar de casa? ¿Usted qué opina? No he escuchado su voz. Desde que he entrado no ha dicho ni mu. Yo, hablador no es que sea mucho, pero se me desenreda la lengua con los marianitos y hago más contactos internacionales que el Sanz y la Barcina cuando salen de viaje de asuntos exteriores. Ese sí que es un misterio, el de la comunicación digo, no el de los viajes para conocer mundo vendiendo lo de toda la vida, porque a eso le llaman marketing. Y esto es todo, doctor. Como ve, nada grave en estas fechas. Me preocupa más lo suyo: ¿qué hace ese árbol de Navidad en su despacho?