pamplona. Tras años de ausencia me invitan otra vez a asomarme desde la andanada de sol y contar lo que suceda. Llegó el día siete, cuando la mayoría empezamos la feria de verdad pasados esos entretenimientos para mujeres, niños y militares sin graduación que son los novillos y los caballitos. Veo lo de siempre y a los de siempre; todos un año más viejos, pero hacemos como si no y seguimos repitiendo las mismas originalidades de hace veinte años. A falta de novedades que merezcan la pena, algo tendré que escribir, venciendo la tentación de copiar alguna crónica de hace años que inicialmente pasaría inadvertida, pero desde que hay Internet el plagio se descubre antes o después. Sé que me ofrecieron esta crónica de ambiente porque necesitaban desesperadamente a alguien tras una docena de negativas y del ingreso hospitalario (planta de salud mental) de la única persona dispuesta. Pese a no tener nada que decir acepté porque me lo ofreció a altas horas y en estado de alcoholemia positiva la subdirectora del periódico que se acaba de separar; creí ver oportunidad de romper la maldición sobre la improbabilidad de ligar en Sanfermines. Luego supe que se ha ido de vacaciones todo el mes, pero ya estaba comprometido.
La función empieza, como siempre, cuando aparece en el palco la única mujer que ha disparado dos veces el chupinazo. Mejor dicho, que ha disparado dos chupinazos una vez cada uno, no se piensen que ignora que son de único uso. La alcaldesa bichupinera es recibida con la sonora pitada que un autor local introdujo en el catálogo de nuevas tradiciones y con los frenéticos aplausos de contestación. El ruido que se arma es indicador del grado de relevancia social de la alcaldesa, que este año ha cumplido otra tradición presanferminera, calentar el ambiente con prohibiciones. Ay del año que sólo se registre silencio, con lo que le gusta hacerse notar a la ciudadana Barcina, aunque sea para provocar pitos y aplausos que van unidos porque a la alcaldesa o se le detesta o se le defiende a capa y espada, y además muchos aplauden por llevar la contraria a los que pitan y muchos pitan a la viceversa. Las dos pamplonas que nos han de helar el corazón se enfrentan cara a cara a ver quién puede más. Luego cada cual cuenta lo que ha oído, unos sólo oyen pitos, otros sólo oyen aplausos, cada uno interpreta lo que le interesa y todos tan contentos. Alguien debiera instalar un barcinómetro , un aparato que midiese con exactitud pitos, aplausos y abstenciones para saber a qué atenernos. Las elecciones no sirven para decidir estas cosas, ya se sabe que en Navarra están trucadas para que, se vote lo que se vote, al final manden los de siempre.