NA vida sin revisar no merece ser vivida, afirmaban los filósofos clásicos. Con estas palabras intentaban advertir y prevenir contra el estilo de vida, de entonces y ahora, que tiende a veces a cabalgar a galope sobre el caballo del tiempo. Una vida apresurada, precipitada, sin lugar al sosiego ni a la reflexión.
Frente a esa actitud, sin embargo, la propia experiencia de la vida nos enseña que para acertar a la hora de tomar iniciativas y adoptar decisiones adecuadas, en las más diversas circunstancias, ni la urgencia ni la precipitación son, como afirmaba Descartes, buenas compañeras de viaje.
Por el contrario, a la hora de optar entre las diversas posibilidades que se nos presentan, es preciso sopesar, ponderar, así como desarrollar al máximo la capacidad de análisis y de reflexión. Sólo así podremos disponer de más elementos de juicio y de mayor claridad a la hora de elegir. Sólo así nos veremos acompañados de criterio como guía para poder decidir mejor: trabajo, pareja, familia, etcétera. Claro que este aprendizaje necesita tiempo, pero no prisa. Y además requiere la suma de conocimiento teórico y de experiencia práctica.
Pues bien a este respecto conviene precisar que el progreso que caracteriza actualmente a las sociedades desarrolladas, como la que vivimos, reclama una formación continua y permanente para hacer frente a los retos que el desarrollo de la ciencia y de la tecnología nos plantean. Así como para saber orientarnos y actuar en una sociedad cada vez más abierta y globalizada, en la que la dimensión económica, política y cultural son claves para descifrar y comprender su devenir.
En ese contexto de progreso económico y de desarrollo tecnológico, no cabe duda de que el ámbito educativo y en especial la universidad, desempeña un papel fundamental. De hecho su responsabilidad es inexcusable a la hora de explicar, afrontar y responder a los múltiples y diversos desafíos que la sociedad de la información nos plantea.
Sin embargo, además de desempeñar la labor de investigar y de impartir docencia a los alumnos que siguen las diversas titulaciones, y que han de conducirles al ejercicio profesional en las respectivas especialidades, la universidad cumple también otras funciones. Entre ellas la de transferir (a las empresas, industria y Administración), extender y compartir el conocimiento en su comunidad en muy diversos ámbitos, entre ellos a través del Aula de la Experiencia.
A este respecto, conviene precisar que quienes asisten a este programa son personas que ya han surcado una parte significativa de su vida y que siguen albergando inquietudes intelectuales y culturales. Que mantienen vivo el deseo de seguir aprendiendo y de continuar formándose en diversas disciplinas, ya sean humanas y sociales, como en materias técnicas y científicas.
Su trayectoria vital les avala a la hora de aprender, participar y compartir experiencias. Acuden al Aula de la Universidad con una actitud intelectual abierta, que se caracteriza por ser porosa y plenamente receptiva. Su actitud madura y a la vez inquisitiva, escrutadora, de búsqueda permanente es equiparable, en cierta medida, a la actitud que adoptaron los filósofos griegos cuando irrumpió la filosofía en Mileto, como amor a la sabiduría, a partir del asombro y de la admiración.
A partir de ese deseo y afán de saber, se establece una fructífera y fecunda relación de enseñanza-aprendizaje, muy positiva también para los profesores, cuya experiencia docente con estos grupos de alumnos es muy gratificante, ya que el proceso comunicativo adquiere un valor especial.
Por todo ello cabe afirmar que a través del Aula de la Experiencia se desarrolla un proceso educativo que cumple la finalidad de extender el conocimiento, exponiéndolo y compartiéndolo. Proceso que permite incidir en esa formación continua que nunca se acaba y que nos sigue enriqueciendo. Formación que contribuye a cultivarnos, a moldearnos y cincelarnos, que nos abre al otro, y a comprender mejor y con más profundidad el mundo que nos rodea.
Además, ese aprendizaje invita también a mirar y revisar nuestra propia biografía, nuestra trayectoria personal, en definitiva, nuestro horizonte vital. Pues a veces, como advertíamos al principio, es preciso mirar el presente, sin perder de vista el pasado, para saber orientarnos y actuar en el futuro. Para seguir creciendo y continuar madurando, porque como afirmaba lúcidamente Holderlin "quien pensó lo más profundo amó lo más vivo".