Intérpretes : Laida Aldaz, Cruz Ísael Mata, Natalia Sardi, bailarines. Dirección y coreografía : Laida Aldaz y Cruz I. Mata. Música : Yves de Mey. Programa : Soñando Despiertos. Programación : Casa de Cultura de Zizur Mayor. Fecha : 14 de noviembre de 2008. Público : tres cuartos de entrada.
POR teobaldos
EL programa de mano adelantaba el pesimismo reinante al introducir el espectáculo con las palabras de Pessoa: "…no serví para ninguno de los dos modos de gozar: ni para el placer de lo real, ni para el placer de lo supuesto". El desengaño, la quimera de soñar despiertos, está en el trasfondo de la danza que presentan estos tres bailarines, en medio de un escenario austero, acotado por unas nubes rojas, que se acaban desvaneciendo, y una parcela-refugio tranquila, que deviene, casi, en sepultura. Y en ese escenario unos pasos rotundos, muy bien estudiados y efectuados, más pensando en la brusquedad que en el legato , y que narran muy eficazmente lo deseado. El movimiento parte de unos cuerpos muy potentes, plenamente identificados con el estilo de danza. Hay, pues, una total relación entre la estética de esos cuerpos y la estilística de la danza que se quiere realizar.
El sólo de Cruz I. Mata está elaborado a partir de una baile de fuerza que no excluye cierta acrobacia, pero siempre al servicio de sus inquietudes. Pero es el dúo entre Mata y Leida Aldaz lo más espectacular y logrado de esta coreografía que aporta pasos arriesgados, íntimos, muy ensamblados en la pareja y originales. Laida Aldaz destila una sensibilidad exquisita en medio de un cuerpo muy poderoso. Es verdad que en este espectáculo renuncia a la danza placentera y bonita para sumirse en cierta agresividad, incluso en los momentos de más ternura; pero la realización de esa idea, que roza lo tétrico en los pasajes de enterramiento y desenterramiento, es de una gran hermosura. De fondo, una música inquietante, un acorde tenido y plano que aporta atmósfera un tanto opresiva, sin alivios rítmicos , ni otras alegrías. Envolvente, deja que la escena se dibuje con el movimiento, siempre bien cuadrado. Los fragmentos más bailados son los que en realidad impactan al público, no quedando muy claro el tercer personaje en liza, la artista soñadora encarnada por Natalia Sardi, que aporta el, siempre discutible, discurso textual, que, a mi juicio, choca un poco en el contexto de la danza. Es cierto que, en danza contemporánea, cada vez se introduce más el texto hablado -o gritado- pero, en muchas ocasiones, en vez de aclarar la situación, la enreda más.
Un espectáculo muy hermoso en su crudeza. Un gran trabajo de los bailarines. Unos pasos que nos subyugan por su dificultad y elaboración.
Dicho esto, nos choca que prácticamente todos los espectáculos de danza contemporánea inciden en lo dramático, en cierto feísmo , en ahondar la distancia con la tradición de la danza que buscaba fundamentalmente la belleza. Son intérpretes jóvenes, para cuyos cuerpos, bailar en bonito , debería ser su forma natural; y, sin embargo, nos repiten una y otra vez, que lo que más parece darse en la vida es el desencuentro, el desengaño, el pesimismo. En escenarios con luces opresivas, los encuentros entre estos cuerpos, indudablemente hermosos, son desasosegantes -por seguir con vocabulario de Pessoa-, casi siempre abocados al fracaso. Parecen decirnos estos jóvenes que los tiempos son difíciles, también en las relaciones personales.